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No hay nada nuevo bajo el sol, pero es interesante echarle una mirada a este mundo, que por azar o destino compartimos vos y yo en la tercera roca desde el sol. A ver con que nos encontramos...
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sábado, 7 de abril de 2012

Sobre ser zurdo y el Día Internacional de los zurdos


El 13 de agosto es el Día Internacional de los zurdos. Ese día, en 2010, escribí en un blog anterior una entrada sobre el tema, pero se perdió en la mudanza, al pasar de ese blog a este, ahora la recupero publicándola acá con algunas leves modificaciones:

Soy zurdo de nacimiento, por eso les envío un saludo a todos los zurdos del mundo, a todos los que escriben con esa mano y un saludo a mí mismo, a pesar que actualmente soy diestro. Y ahora les explico lo que quiero decir con eso de que soy zurdo pero diestro:

Yo soy zurdo, nací zurdo. Una vecina extraordinaria, del barrio, madre de hijos amigos míos con los que jugaba, me enseñó a leer y escribir antes de los seis años, antes de la escuela primaria. Claro, como toda persona a salvo de taras y deformidades, venidas de adentro o de afuera, su objetivo al enseñarme a escribir era que aprendiera a escribir y no que lo hiciera con una mano determinada. En cambio, en la escuela primaria de esa época, vaya a saber en base a que directiva salvaje de vaya a saber que salvaje en funciones (recuerden que la civilización no elimina la barbarie sino que la perfecciona, y a veces, por ejemplo, se la perfecciona desde la función pública), a los zurdos había que convertirlos en diestros. Y eso fue lo que hicieron conmigo, con mis amigos del barrio que eran zurdos, con mis compañeros de primer grado que eran zurdos y con cuanto alumno zurdo anduviera suelto por ahí escribiendo con la mano incorrecta. Esa conversión por las buenas o por las malas.
Claro, en ese momento, con seis escasos años acumulados en este mundo, uno cree, uno asume que las cosas deben ser como nos dicen, que las órdenes siempre se dan para llevarnos a fines santos, a mundos mejores, que si no hacemos lo que dicen que hagamos, sin excepción, seremos catalogados, perseguidos y castigados como chicos malos.

A los seis años, entonces, uno asume que todo lo que nos impone el entorno cultural que nos rodea, en la familia, en la calle, en el colegio, en los discursos del gobierno de turno, es algo bueno y que así debe ser sin discusión. Es más, es inconcebible que a los seis años a un niño se le ocurra que las normas de un colegio pueden estar sucias, menos blancas que el guardapolvo, que las palomas blancas, o que la franja blanca de la bandera nacional.

Así las cosas, enfrenté la tarea con obediencia ciega, estoicismo y resignación de niño condenado y sin salida. Hasta sentía cierta culpa ante la maestra por tener un cerebro "fallado" según lo que las normas establecían sobre mí; después de todo, si estaba prohibido ser zurdo es porque debía ser algo malo, inconveniente, mal visto, ¡inaceptable!.

Eso, inaceptable. Y ahí estaba yo, finalmente escribiendo con la derecha, y acá estoy yo ahora, en este día internacional del zurdo, viéndome en la foto individual de primer grado: estoy frente a un pupitre, con el pelo rapado, empuñando el lápiz con la derecha sobre mi cuaderno, con la banderita argentina al costado. El sistema había triunfado.

Claro, así cualquier sistema triunfa, lavando en seco, sin detergente, el cerebro a niños muy pequeños, intelectualmente indefensos, que apenas si acaban de entrar por la puerta de la alfabetización y saben cero de la historia de atrocidades y espantos que los precede. Así cualquier sistema, en cualquier lugar y época hace diestros a los niños, los hace alabar y ver como santo y salvador al dictador de turno, los hace rechazar a gente de otra raza y color, los hace ver inferiores a los discapacitados físicos, los hace considerar natural la existencia de la esclavitud y natural cualquier cosa que se nos dé la gana.

El sistema había triunfado, y yo pagaba con angustia, frustración, trauma y alguna que otra distorsión en mi maquinaria mental el triunfo de la razón sobre la naturaleza. Y eso es una de las grandes paradojas de la burocracia de un sistema en acción: la eliminación de una distorsión por decreto llevando a una distorsión real y objetiva.

La directiva de convertir a los zurdos era una especie de Ojo de Gran Hermano pero con un reducidísimo ángulo de visión. Como lo único que le interesaba al ojo de este Gran Hermano educativo era verme escribir con la derecha, lo demás le pasaba de largo. Quiero decir que me hicieron diestro para escribir pero para el resto de las cosas seguía siendo y soy zurdo.

Y así nos encontramos con el absurdo de que mientras la maestra me miraba satisfecha escribir "mi mamá me mima" con la derecha, a continuación subrayaba la frase usando el lápiz y la regla como lo hacen los zurdos, sin que nadie me enviara al patíbulo por ese crimen. Y así con todo: yo seguía pateando la pelota con la zurda, usando los cubiertos como zurdo, la tijera como zurdo, el serrucho y el martillo como zurdo y llegado el despertar sexual ya saben que cosa hacía con la zurda.

De todos modos "al César lo que es del César...", la educación y el trato que tuve de maestros y profesores en los largos años de primaria, secundaria y universidad del estado, al margen de esa calamidad, arrojan un balance mucho más positivo que negativo y no me puedo quejar.

Además los maestros, los empleados y los soldados, suelen ser la carne de cañon de la incapacidad o el salvajismo de los que ordenan, dirigen y legislan desde un escritorio, y no necesariamente están de acuerdo con las directivas que llegan de arriba.

También se cumple aquello de que no hay mal que por bien no venga. Cada vez que tuve algún accidente en la mano derecha, ahí estaba siempre lista como muleto la izquierda para seguir en carrera, escribiendo y dibujando casi como si no me hubieran convertido.

Y hoy, cuando veo a mi pequeño hijo escribir y dibujar con la zurda, a veces me quedo un rato como tonto a sus espaldas mirándolo hacer la tarea sin que lo sepa. Entonces me retiro tranquilo y en silencio, sabiendo que a sus espaldas tampoco lo está vigilando aquel Ojo de Gran Hermano que a mí me hizo diestro. Bueno, al menos "ese" ojo ya no está a espaldas de los chicos de hoy...

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